La evaluación cuantitativa del riesgo surgió en la década de 1950, caracterizando los riesgos como una distribución de frecuencia sobre las consecuencias y diseñándola en industrias como la nuclear, aeroespacial y militar, para pasar a ser una herramienta general de uso imprescindible e incluso una exigencia reglamentaria en áreas como la ingeniería, la edificación, la gestión ambiental, la ciberseguridad y la protección de datos.

La teoría del valor extremo ha sido el enfoque dominante para predecir eventos de baja probabilidad y alta consecuencia, respondiendo así a las cuestiones como «¿qué puede salir mal?, ¿cuáles son las consecuencias?» En este caso, la evaluación de riesgos es una estrategia previa al incidente, basada en el principio de precaución.

El desarrollo tecnológico en curso, lleva a aumentar las fuerzas de vinculación y la disminución de la heterogeneidad, tanto dentro como entre sistemas. Esas tendencias presionan muchos sistemas socio-técnicos hasta estados críticos, en los cuales están cambiando a comportamientos dominantes que no observamos en el pasado y que proporciona «valores atípicos», denominados en el argot como Cisnes Negros y Reyes Dragón (Black Swans, Dragon Kings) en la cola de la distribución, haciendo predicciones fiables de eventos extremos improbables e incluso imposibles.

Ello requiere enfoques novedosos, entre los cuales destaca la evaluación y gestión de la resiliencia como una estrategia posterior al evento, de la mayor importancia para impulsar la recuperación, reconfiguración y adaptación del sistema.

En la última década, el concepto de resiliencia ha ganado en atractivo y los encargados de formular políticas, los profesionales y los académicos lo han usado ampliamente y con entusiasmo. Ha estado muy presente desde su origen en la ingeniería de materiales, surgiendo más tarde en el área de la psicología y convertirse en un paradigma importante en la seguridad de los sistemas de información.

En esencia, la resiliencia es según los Comités de la Academia Nacional de Ciencias (NAS) de EEUU (http://www.nasonline.org/) la capacidad del sistema «para prepararse y planificar, absorber, recuperarse o adaptarse con más éxito a eventos adversos reales o potenciales«.

La definición abarca las dos propiedades fundamentales que interactúan simbióticamente: resistencia y resiliencia de los sistemas. El enfoque de ingeniería tradicional ha sido diseñar sistemas de resistencia de manera que puedan soportar acciones exógenas y endógenas características. Yendo a la acepción de la palabra latina resilire, la resiliencia, significa compresión y recuperación.

El marco de resiliencia que se propone en la figura a continuación, se basa en ocho funciones genéricas del sistema: atención, robustez, resistencia, reestabilización, reconstrucción, reconfiguración, memoria y adaptabilidad, que se ha designado con el acrónimo AR6A. Se representa el rendimiento de los sistemas (MOP) en el eje vertical o de ordenadas el tiempo ( t ) en el horizontal o de abscisas.

Representación del concepto de resiliencia basado en ocho funciones genéricas (**).

La robustez se refiere a aquél rango de rendimiento, definido por un límite superior (Pr,up) e inferior (Pr,lo), que garantiza una expectativa de flujo continuo de servicios.

La resistencia es el límite máximo de un sistema para resistir acciones que lo estresan durante su ciclo de vida, desde el primer momento (tpre). La resistencia en ingeniería estructural es igual al límite elástico (Pel), más allá del cual se producirán deformaciones no recuperables. Si una perturbación está forzando un sistema, su rendimiento disminuirá a un mínimo (Pmin), que puede llegar a cero en el peor de los casos. La resiliencia proviene de la resistencia.

La fase de recuperación consta de las dos funciones, reestabilizar y reconstruir, con el objetivo de restablecer las funciones de los sistemas críticos hasta un rango que permita la supervivencia, para reconstruir todas las funciones y restablecer la normalidad, en el momento (tpost). Tenemos que enfatizar que dicha recuperación del sistema es un concepto activo que moviliza recursos adicionales, que difieren de un enfoque de «laissez-faire» ó autorregulación (dejar hacer).

Reconfiguración significa adaptar y cambiar propiedades sistémicas mediante la introducción o eliminación de interdependencias o la introducción o eliminación de componentes. La experiencia demuestra que la reconfiguración rara vez ocurre con sistemas manuales. También requiere cambiar o mejorar los límites del sistema para abordar la cuestión clave de «cómo debemos adaptar la topología del sistema» para hacerlo más resistente y más resiliente, mejorando el rendimiento (Ppost).

Adaptación significa continuar mejorando las capacidades de un sistema de mejorar la aptitud para hacer frente a interrupciones y para aumentar la capacidad de supervivencia.

La atención y el recuerdo son dos funciones «cognitivas», que engloban la capacidad de anticipar y detectar interrupciones endógenas y exógenas y memorizar y aprender de interrupciones anteriores, lo que permite que un sistema responda de manera más rápida y efectiva a interrupciones futuras

(**) Fuente: IRGC (2016). Resource Guide on Resilience. Lausanne: EPFL International Risk Governance Center. V 29-07-2016.